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Dedicado a mi amigo de la infancia Carlos Medrano Cotito, «Calín», quien partió prematuramente y, sin más baquiné que nuestro inmenso cariño, se convirtió en un angelito negro.
La monótona melopeya provenía de los galpones:
Negro carbón con doblón pagado,
comprado por su cuerpo y fuerza,
con el mismo Dios él hoy conversa
porque en alma no fue doblegado.
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—¿Quién puede suicidarse oliendo acetona? —preguntó desconcertado el investigador policial.
—Octavio —respondió la reciente viuda, sin titubear y en voz muy alta para que todos la escucharan. Ella refutaba el veredicto oficial.
Pepa presumía que aquel negrazo de un metro con noventa y tres centímetros de altura (corrección: de estatura, porque ahora yacía en posición horizontal dentro de un ataúd, fabricado especialmente a su medida) se había segado la vida con un disparo de éter a la nariz, la cual era aún más ancha que su ancha boca. Sin exagerar, las fosas nasales eran tan grandes que, en cada una de ellas, cabía cómodamente una pequeña pelota. Precisamente, habían sido necesarias dos pelotitas de goma, sustituyendo a la gasa y el algodón acostumbrados en estos menesteres, para sellarle las fosas nasales al muerto, a fin de que, durante el velorio, no fuera a escapársele algún fluido impertinente. La autopsia no había revelado ninguna causa precisa de fallecimiento y el dictamen había concluido «muerte natural». Pero Pepa Marmarillo lo conocía bien. No en vano había sido su mujer durante siete años y creía saber de lo que su marido era —y no era— capaz.
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Un enorme y pesado tábano se abrió paso en la caldeada, polvorienta y densa atmósfera chinchana. Dibujó, desde la puerta, una trayectoria lenta y errática hasta detenerse encima del occiso. En esos instantes, de una de las fosas nasales de Octavio rodó una de las pelotas y, ante la incrédula mirada de los asistentes, el insecto aprovechó la oportunidad para introducirse en la cavidad nasal. Luego de permanecer allí dentro por breves momentos, raudo y en diagonal para cortar camino por la habitación, el moscón huyó cual saeta hacia el exterior.
Abanicándose con lo que podían, las damas estaban sentadas alrededor de la precaria sala, en una colección de dispares sillas, ajenas la mayoría, prestadas por los vecinos para la funesta ocasión. El desnivelado piso de tierra hacía que algunas de las butacas, todas pegadas a las paredes, salvo la del féretro, se vieran bastante más altas que otras. Los varones permanecían de pie y estaban congregados a la entrada. Participando sin involucrarse, una sexagenaria anticuchera sollozante había apostado su carreta verde a una distancia prudencial, bajo el farol de la esquina para aprovechar la iluminación y, sobre todo, al público allí congregado. Cuando el manchapecho y la sopa seca —cortesía de la casa del difunto— hubiesen hecho ya una larga digestión, sus sabrosísimos anticuchos de corazón de res estarían esperando sobre el brasero de carbón, con los trozos de carne ensartados de a tres en escuálidas cañitas, para ser engullidos con avidez por los trasnochados. Esa sería su ofrenda póstuma al finado Octavio. Un poco más allá, en el medio de la plaza, un grupo de niños zapateaba en contrapunto, al ritmo del cajón, al compás de la vihuela y la quijada de burro, apenas audibles en la lejanía. Al lado opuesto de la explanada, otros infantes descalzos jugaban al fútbol, luciendo orgullosos sus respectivas camisetas descoloridas —otrora azules y blancas— con el membrete de «Arriba Alianza». Se requerían adversarios porque todos eran hinchas del mismo equipo y proclamaban idéntico grito de guerra. Cerca de los futbolistas y angustiada por la posibilidad de que la pelota impactara contra su puesto, la picaronera completaba la escena, con su enorme perol de cobre sobre la hornilla de queroseno. Los provocativos anillos de masa de zapallo crepitaban y se retorcían de sabor en el aceite hirviendo.
Gracias al sentido del olfato tan fino y agudo que había caracterizado siempre a Octavio, desde el más allá seguramente percibiría el aroma de las damas perfumadas con jabón de lavar ropa y podría señalar con un dedo a las que mantenían intacta su virginidad, las que estaban menstruando o ya no lo hacían más, y las que habían hecho el amor esa tarde antes de asistir a su velorio; pues su éxito con las mujeres —aparte de su infinita bondad y enorme carisma— radicaba en su capacidad de discernir el estado anímico y la disponibilidad de las féminas circundantes. Asimismo, Octavio aspiraría con beneplácito el olor húmedo del piso de la sala, que había sido mojado ex profeso para que no levantara polvo; y podría reconocer, con los ojos cerrados, a qué efluvio amical pertenecía tal o cual silla prestada. Sabría, también, qué marca de cigarrillo fumaban y de qué procedencia —si de botella, botija o damajuana, y de qué chacra— eran el pisco, la cachina y el vino que bebían los caballeros que se hallaban parados en la puerta. Pero su olfato iría más allá: podría determinar con exactitud las proporciones en que la anticuchera había mezclado el ají mirasol, el pimentón y el achiote secos con el vinagre tinto y los ajos frescos molidos. Más sorprendente aún, sería capaz de acertar el mes y el año en que habían matado al burro cuya quijada batían ahora los músicos en busca de resonancia. Asimismo, lograría precisar el grado de fermentación de la chicha de jora y la levadura existentes en el puesto de su amiga, la picaronera. Y Octavio también haría suyos los ondulantes alientos culinarios que, por los aires impregnados, las decenas de chicharroneras, tamaleras y fruteras le enviaban hoy con amor y, a la vez, con pena, desde sus respectivas ramadas, allá lejos, en la carretera Panamericana.
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Ña Josefa, la patrona de la hacienda, honraba el velorio con su presencia. Se había sentado desde un comienzo en la poltrona más alta, ubicada muy próxima al féretro. Con las licencias que le permitían su posición social y su poder, decidió pintarse las uñas (¿barnizarse las garras?) como para matar el tiempo. Con falso aire distraído y actitud indiferente, miraba a su peón predilecto, de rato en rato, con el rabillo del ojo.
Pepa, el aya —así bautizada en honor a su «amita» (salvaguardando siempre las distancias con el uso del sobrenombre)— ventilaba su viudez con un profundo desprecio hacia la patrona, más hondo que su tristeza por el marido muerto, y que no podía ni intentaba disimular. De nada servirían ya las plegarias a Melchorita, a San Martín de Porres ni las ofrendas de enmelados turrones tachonados de grageas, que Pepa llevaba cada año, en peregrinación a Lima, al Cristo de Pachacamilla, a cambio de sus infalibles favores (como la sempiterna historia de cómo el Cristo Moreno curó la parálisis que había inmovilizado los brazos de su tatarabuela). Pero octubre, el mes morado, el mes del Señor de los Milagros, estaba aún muy lejos y junio la había tomado desprevenida: ni siquiera había preparado la chancaca ni la manteca, ni tenía lista el agua de anís para perfumar la masa del mágico turrón que lograba sobornar hasta la voluntad de los dioses.
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Son lamento y súplica que, en ancestrales y contundentes lenguas bantúes, los negros cimarrones elevaban al cielo desde sus palenques, donde se refugiaban huyendo del trabajo forzado en las plantaciones de algodón, de caña y de vid. La marca de la carimba todavía les ardía en la piel chamuscada.
¿Qué es la esclavitud sino demencia?
Negro cajón, con vozarrón canta.
Su gruesa voz al cielo levanta
Para pedir justicia y clemencia.
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La increíble capacidad olfatoria de Octavio le había permitido, entre otras múltiples hazañas, pronosticar, con sorprendente exactitud, la muerte de numerosas personas, entre quienes se encontraron varios parientes y amigos, y esta particular habilidad lo hacía sufrir en demasía. La partida de algunos de los vaticinados era, en ocasiones, evidente e inminente debido a enfermedades terminales o a la avanzadísima edad de los candidatos, pero, en otros casos, sus negros augurios recaían sobre personas a quienes la muerte los llamaba en forma súbita e imprevista. El propio Octavio había sido el último presagiado. Su deceso acaecería el 4 de junio.
¿Por qué ese día y no en la tercera semana de febrero, el 15 de julio o el 27 de diciembre? Se había preguntado sin respuesta. ¿No merecía, acaso, que su muerte coincidiera con una fiesta grande de El Carmen? ¿Él, que era el rey del «festejo», el alma de su pueblo? «¿Por qué yo? ¿Por qué tan pronto?», había cuestionado al sordo cielo. Atormentado con la aciaga noticia, portada por un heraldo de inigualable confiabilidad: él mismo; la vida —o el resto que disponía de ella— se le apestó, literalmente, al pobre Octavio. Tenía la certeza de que moriría y sabía con precisión astronómica cuánto tiempo le quedaba, pero ignoraba cómo y en qué circunstancias pasaría al otro mundo. No olía a hígado o a pescado descompuesto, a bilis purulenta. No apestaba a tumores supurantes, a eccemas virulentos ni a llagas infectadas. No hedía a sangre viciada, a materia fecal ni orines podridos. No despedía ningún olor vinculable con alguna enfermedad conocida, pero un incomodísimo y, a la vez, angustiante tufillo a cadáver se le acentuaba con el tránsito apresurado de los segundos y lo exhalaba por los poros.
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¡Cuántas veces Pepa y Octavio habían bailado juntos «El alcatraz»! Ambos descalzos y vestidos de blanco impecable: él, con una ceñida pantaloneta de algodón a la rodilla, como única prenda; ella, con una escotada blusa de abultadas mangas bobas, el vientre al aire y una corta faldita tableada. ¡Cuántas veces había él logrado encenderle con una vela el plumaje de pelícano tambomorense que llevaba atado a la cintura, justo arriba de los glúteos, pese a los movimientos de cadera dislocada en lujurioso frenesí, con que ella se obstinaba en impedírselo! ¡Cuántas veces había Octavio encendídole no sólo el penacho al cinto sino cada célula de su cuerpo, haciéndole bullir la sangre!
Pero Pepa no había sido la única y ella lo sabía. Octavio había probado otros aromas femeninos. Pepa lo miró a los ojos en aquella ocasión en que regresó turbado a casa oliendo a perfume fino, a esa misma fragancia que ahora invadía su sala por culpa de Ña Josefa. «La patrona me pidió que le hiciera un trabajo en las catacumbas», le había dicho, y era cierto. Pero Octavio no pudo explicarle de dónde había obtenido aquel pomito con esa rara sustancia —acetona, luego supo el nombre— que, en varias ocasiones, lo había sorprendido inhalando a hurtadillas.
Sin embargo, Pepa ignoraba otra historia: la de Octavio y Juana, una india al servicio de la casa hacienda y que ahora lloraba desconsoladamente en el velorio, como tantas otras mujeres.
Te sorprendí por detrás mientras lavabas,
rodeando con mis manos tu cintura,
moldeando con mi cuerpo tu figura,
y tú... tú te dejabas.
Empecé mordiéndote un arete
y el pallar de tu oreja izquierda;
y tú, como nave al garete
incapaz de mandarme a la mierda.
Tu cuello rozaban mis labios,
poniéndote la piel de gallina.
Excitábame tu olor a cocina:
humor a ajo, grajo y resabios.
Te desaté el mandil y, bajo la pechera,
redescubrí el altar de tus pezones:
dos poderosas razones,
mujer servil y ¡vaca lechera!
Te remangaste para mí el uniforme,
pero el calzón te lo bajé yo;
separaste las piernas resignada y conforme,
y un leve quejido se oyó.
Y mis embates, uno a uno,
recibías contra el fregadero.
"!Ya Octavio, qué majadero!",
me decías;
!Ay, mi cholaza de Puno!
La cocina fue inundada
no sé con qué agua bendita,
y la enagua te quedó empapada,
toditita...
Pepa estaba por demás desconcertada con el plañido de todas las mujeres del pueblo y, para recobrar la paz mental, prefirió dirigir y concentrar su rabia en Ña Josefa.
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Acababan de tostar y pasar café por enésima vez, con la finalidad de mantener despierta a la vigilia. Octavio adoraba ese aroma, al igual que la fragancia de la hierba recién segada, de la zafra y del mosto de la uva; el perfume embriagador de la albahaca, del romero y del culantro. También le encantaba el olor del pan saliendo del horno.
Y el tábano regresó en la madrugada. Antes que verlo o escuchar su zumbido, que emulaba al barullo existente, los velantes que quedaban se percataron del insecto porque, súbitamente, un olor nauseabundo, putrefacto, se impregnó en la sala, anulando el aroma del café. El murmullo monocorde de las voces que, a esas alturas de la noche, ya habían perdido el respeto por el muerto y se habían elevado a decibeles considerables, se silenció: como acatando una orden militar. En realidad, la pestilencia les había tapado la boca a los presentes. El moscón, con vuelo lento y ululante, se posó frente a los ojos de cada una de las damas, quienes, aterrorizadas, entre gritos y alaridos intentaban infructuosamente espantarlo. Hasta que llegó donde Juana, a quien se le había secado el manantial de lágrimas. Insecto y mujer se observaron mutuamente durante larguísimos segundos, como evaluándose y… ¡zaz! El bicho se zambulló por el escote en el pecho de la mucama, revoloteó allí dentro todo lo que quiso. En su afán desesperado de librarse del insecto invasor, ella metió la mano y éste se la picó. Al sacarla con fuerza y rapidez, de entre los senos de la fémina cayó un frasquito que se destapó al impactar contra el piso. Contenía una sustancia etérea tan fuerte que, por un momento, pareció hacer aletear las fosas nasales de Octavio.
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